miércoles, 21 de noviembre de 2007

La vida que no acabó conmigo

Drogas sobre la mesa de vidrio que está en la mitad de la sala. Son las once de la mañana y salimos a comprar cerveza.
El sol pega más duro cuando has abusado de la noche. Misfits sigue sonando a pesar de que ya estamos en la calle, is your fucking attitude. Todavía no logró entender por qué me puse la chaqueta si hace un sol de mierda, como para piscina y cerveza, pero no hay piscina, por lo menos hay para la cerveza. 
La calle es hermosa y limpia, el norte de la ciudad es otra ciudad. No recuerdo bien por qué terminamos aquí.
Entramos a Carulla y el celador nos mira como si entraramos a robar, y esta vez no es así, hoy traemos dinero. 
Me gustan los problemas así que le clavo los ojos en los ojos y entro, mi amigo me hala del brazo. Vamos directo a los licores, cerveza y una botella de aguardiente barato, ni siquiera Nectar uno barato de verdad.
Pagamos y salimos, no me aguanto la estupida mirada del celador, me acerco le vuelvo a clavar los ojos y le escupo directo en la cara. Trata de golpearme pero cuando a uno le gustan los problemas aprende a salir de ellos. Le doy justo en la nariz, se cae y saca el 38 de dotación que jamás le enseñaron a usar, yo sí sé, se lo quito y ahí sí que se arma la de troya, salen los otros celadores, me apuntan, Pacho corre, no suelta el trago, ¡bien!, nadie dispara, les da miedo, por lo menos más que a mi. 
¿Alguna vez ha estado en un accidente de carro que todo se ve como en las películas?, ¿todo va despacio?.
El que está en el piso se levanta, sangra por la nariz, lo miro y le devuelvo el revolver, miro a los otros que todavía me apuntan, Pacho grita desde la esquina, “Corra Marica que lo van a matar”, estoy cagado del susto a pesar de la enorme cantidad de alcohol y drogas, confío en que ninguno de los celas quiere un punkero borracho y muerto en su hoja de vida y menos en su cabeza. Me alejo caminando, nadie dice nada, casi que los puedo ver pero no soy capaz de voltear, sé que sus cañones me miran todavía. Llego a la esquina volteo y corro. Suena una sirena y sé que la cosa se salió de las manos. Por fin llegamos a la portería y el celador no nos abre, es como si todos los celadores del mundo estuvieran conectados por alguna especie de red intergaláctica y supieran exactamente lo que yo acababa de hacer y tuvieran la misión de vengar a su compañero ultrajado. Los odio.
Timbro y no abren, la sirena se oye más cerca, no abren, sirena, no abren, sirena.
Puerta, entramos y Pacho cierra. 
Señor, gracias, qué sería de todos nosotros sin los celadores que nos cuidan… Gracias de verdad.