Todos los días a la misma hora se sienta frente a la librería a pesar de que no sabe leer.
Espera desde las 10 hasta las 11 de la mañana, hora en la que se marcha para volver al día siguiente.
Pero hoy no. Hoy decide entrar.
Cruza la puerta y se acerca al mostrador, saluda tímidamente y pide un libro.
Ella, la encargada, lo mira con sus grandes ojos color café, esos que él nunca había visto tan de cerca pero que había imaginado por meses, y le pregunta con voz suave y tibia.
-- ¿Qué libro?
-- Un libro -- responde él con inseguridad en su voz -- uno de esos que tienen una tapa adelante y otra tapa atrás y quiero que por favor entre ellas tenga una historia escrita por usted y por mi.
Libertad para los pensamientos oprimidos. Libertad para los pensamientos oprimidos. Libertad para los pensamientos oprimidos. Libertad para los pensamientos oprimidos.
miércoles, 19 de noviembre de 2014
lunes, 17 de noviembre de 2014
La de la tienda está muy rica
Parados en la esquina fuman una mezcla de Mustang Azul y bareta. De la tienda sale una canción de Kaleth Morales y uno de los dos se queja de que el Vallenato es una mierda. El otro lo mira y le dice que a él le gusta y que ¡pilas! Comienzan a discutir sobre la porquería de música que le gusta al otro mientras se consume el cigarrillo, los dos cigarrillos, y media de aguardiente rojo que uno ha guardado en el bolsillo de atrás de su pantalón para calentar las gargantas y la conversación. Son amigos, así que jamás pelean de verdad, pero sí se calientan en malas palabras cada vez que un desacuerdo los encuentra en esa esquina.
Suben al Mazda 323 del hermano mayor de uno de los dos y se van por entre el barrio para evitar a la policía porque les pueden quitar el carro por manejar tomados, el carro o la plata o el carro y la plata; depende del hambre conque la ley haya salido a patrullar.
Por una calle oscura caminan otros dos, van ebrios. Han bebido desde la mañana del día anterior después de que jugaron fútbol y perdieron. Desde ese momento no han hablado de otra cosa diferente a la golpiza que le dieron a los ganadores por pirobos y agrandados (ni pirobos ni agrandados, solo ganaron). Estos dos son peligrosos.
Caminan por la calle, por la mitad de la calle, todavía en pantaloneta, llevan sus guayos en unas pequeñas tulas de tela y media de guaro que compraron hace media hora. Son las 8 de la noche, es domingo y la nostalgia se riega por las horas. Van para la tienda de Yani Dangond, una costeñita que está más buena que volverlo a decir y según uno de ellos ya se la ha comido un resto de veces. Por supuesto quiere demostrar que es verdad y se la quiere comer hoy. Hablan de ella, de sus tetas duras y pequeñas, de ese culo redondito y calentano; luego hablan una vez más de cómo de un traque le totiaron nariz y boca al que les hizo el último gol y de cómo nadie arrancó para defenderlo y vuelven al culito de la tendera. Los hombres siempre hablan de como le dieron en la jeta a todo el mundo.
Por la calle viene una Mazda 323 en el que viajan dos ebrios más y una discusión sobre música en la que se cuela el culazo de Yani Dangond. El carro se revienta de carcajadas cuando uno dice que ya se la comió y el otro no le cree. Los hombres siempre hablan de como se comieron a todas las viejas del mundo.
Es una calle larga y oscura.
Al final vienen dos manes peligrosos y en el carro dos que solo quieren irse a su casa porque hay que trabajar mañana.
Los jugadores ven el Mazda 323 sin saber qué carro es y uno le dice al otro que se suban al anden, el otro le dice que paila, que se quiten ellos.
En el Mazda 323 uno de los dos advierte a los futbolistas y le dice a su amigo que pilas con esos que parecen estar borrachos. El otro le dice que pilas que los que van borrachos son ellos y el carro revienta de risas otra vez.
Cada vez están más cerca y el futbolista insiste en que los que se tiene que quitar son los otros o que si no los bajá del carro y les da más duro que a los de la cancha. Entonces camina con ahínco hacia adelante. El 323 avanza lentamente porque el chofer es un borracho cuidadoso que hace luces y pita para que los jugadores se quiten, a lo que los peatones responden con amenazas, gritos y gestos con sus brazos, manos y dedos.
Ya no hay risa en el Mazda, al contrario, los dos se miran y deciden levantar a esos dos hijueputas por pirobos y agrandados, entonces aceleran y pitan más fuerte mientras uno de los dos insulta sacando la cabeza por la ventana.
Una de las tulas con los guayos adentro es lanzada hacia el carro y a su lado la media de guaro que se estalla en el piso sobre el que el Mazda pasa, ahora sí, muy rápido. La tula pega en el vidrio y rebota quién sabe a dónde.
Los futbolistas, y todo lo peligrosos que pudieron llegar a ser, vuelan sobre el techo del 323. Uno muere en el aire y el otro, el que totió al de la mañana del sábado de un solo manazo, muere cuando su cabeza se totea contra el piso.
El Mazda no se detiene, y adentro la risa estalla de nuevo. Uno le dice al otro que qué pensaron esos manes, que sí creyeron que se iban a arrugar y que ni puta idea tenían con quién se estaban metiendo. Toman otro trago, encienden otro Mustang y deciden ir a buscar porro porque ahora no van a ir a trabajar al otro día.
Estos dos también son peligrosos y Yani Dangond es virgen.
Suben al Mazda 323 del hermano mayor de uno de los dos y se van por entre el barrio para evitar a la policía porque les pueden quitar el carro por manejar tomados, el carro o la plata o el carro y la plata; depende del hambre conque la ley haya salido a patrullar.
Por una calle oscura caminan otros dos, van ebrios. Han bebido desde la mañana del día anterior después de que jugaron fútbol y perdieron. Desde ese momento no han hablado de otra cosa diferente a la golpiza que le dieron a los ganadores por pirobos y agrandados (ni pirobos ni agrandados, solo ganaron). Estos dos son peligrosos.
Caminan por la calle, por la mitad de la calle, todavía en pantaloneta, llevan sus guayos en unas pequeñas tulas de tela y media de guaro que compraron hace media hora. Son las 8 de la noche, es domingo y la nostalgia se riega por las horas. Van para la tienda de Yani Dangond, una costeñita que está más buena que volverlo a decir y según uno de ellos ya se la ha comido un resto de veces. Por supuesto quiere demostrar que es verdad y se la quiere comer hoy. Hablan de ella, de sus tetas duras y pequeñas, de ese culo redondito y calentano; luego hablan una vez más de cómo de un traque le totiaron nariz y boca al que les hizo el último gol y de cómo nadie arrancó para defenderlo y vuelven al culito de la tendera. Los hombres siempre hablan de como le dieron en la jeta a todo el mundo.
Por la calle viene una Mazda 323 en el que viajan dos ebrios más y una discusión sobre música en la que se cuela el culazo de Yani Dangond. El carro se revienta de carcajadas cuando uno dice que ya se la comió y el otro no le cree. Los hombres siempre hablan de como se comieron a todas las viejas del mundo.
Es una calle larga y oscura.
Al final vienen dos manes peligrosos y en el carro dos que solo quieren irse a su casa porque hay que trabajar mañana.
Los jugadores ven el Mazda 323 sin saber qué carro es y uno le dice al otro que se suban al anden, el otro le dice que paila, que se quiten ellos.
En el Mazda 323 uno de los dos advierte a los futbolistas y le dice a su amigo que pilas con esos que parecen estar borrachos. El otro le dice que pilas que los que van borrachos son ellos y el carro revienta de risas otra vez.
Cada vez están más cerca y el futbolista insiste en que los que se tiene que quitar son los otros o que si no los bajá del carro y les da más duro que a los de la cancha. Entonces camina con ahínco hacia adelante. El 323 avanza lentamente porque el chofer es un borracho cuidadoso que hace luces y pita para que los jugadores se quiten, a lo que los peatones responden con amenazas, gritos y gestos con sus brazos, manos y dedos.
Ya no hay risa en el Mazda, al contrario, los dos se miran y deciden levantar a esos dos hijueputas por pirobos y agrandados, entonces aceleran y pitan más fuerte mientras uno de los dos insulta sacando la cabeza por la ventana.
Una de las tulas con los guayos adentro es lanzada hacia el carro y a su lado la media de guaro que se estalla en el piso sobre el que el Mazda pasa, ahora sí, muy rápido. La tula pega en el vidrio y rebota quién sabe a dónde.
Los futbolistas, y todo lo peligrosos que pudieron llegar a ser, vuelan sobre el techo del 323. Uno muere en el aire y el otro, el que totió al de la mañana del sábado de un solo manazo, muere cuando su cabeza se totea contra el piso.
El Mazda no se detiene, y adentro la risa estalla de nuevo. Uno le dice al otro que qué pensaron esos manes, que sí creyeron que se iban a arrugar y que ni puta idea tenían con quién se estaban metiendo. Toman otro trago, encienden otro Mustang y deciden ir a buscar porro porque ahora no van a ir a trabajar al otro día.
Estos dos también son peligrosos y Yani Dangond es virgen.
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